martes, 19 de julio de 2016

EL CASERÍO DE PIEDRA DEL TORO

Roque Benavente Peña

Tiene un nombre diferente, algo extraño. Nadie sabe porque se quedó con este nombre. Ninguno de los que por ahí vivieron hubiera querido que se llamara así ese caserío, que ahora va creciendo como el verdor de los cerros en tiempo de lluvia.

Fue una noche del 22 de febrero del año 1982. Éramos un grupo de parientes, primos, hermanos, todos nietos del abuelito Miguel Peña Jiménez. Nos dirigimos a su casa. La llamaban “la casa de los mayores”, nos reunimos para que nos contara la historia del nombre del caserío que tantas interrogantes nos producía.

Vivia desde sus años mozos en e este caserío el abuelito Miguel, en una chocita de palitos, hoy de adobe y tejas rojas, quebradas por el tiempo y las lluvias. Fue una de las primeras casitas que a la vera de la carretera iban creciendo, rodeada de vecinos, muchos de ellos descendientes o parientes de este tronco añoso que llegó a vivir noventa años y murió como los árboles, siempre pegado a su tierra, es atierra que defendió con bravura en tiempos de los gamonales. Rodeado de sus nietos e hijos saboreaba una taza de yerba luisa. Su frente se fijaba en el agujero del techo, que año tras año se iba haciendo claraboya. Calmado, pensativo, parecía trasportar su mente hacía tiempo pasados y revolvía la memoria. Aclaró su garganta gastada por los hechos con las hojas de tabaco que él mismo sembraba en su “rozo” con esas manos suyas llenas de tiempo y trabajo campesino.

Queríamos que empezara la historia. Ahítos de la espera nos acercamos a su calor de abuelo. Llamó a la mamá Juana, su compañera de toda la vida, para que le trajera la candela. Encendió el cigarro y con fruición dio la primera chupada y, mientras de su nariz salía el humo dio comienzo a su historia:

- Cuentan, queridos nietos, que todo empezó hace muchos, muchísimos años, cuando estos lugares eran gobernados por los gamonales, dueños de las haciendas cercanas. Una de ellas fue de Don Urpiano López, quedaba en al aparte baja o sea de la quebrada de Chililique para abajo, y la otra de don Castro, de la quebrada para arribita. Justo por esos tiempos llegó a estos lugares un señor de Jacanacas, cuyo nombre no recuerdo, en busca de trabajo, hombre enjuto y huesudo, alto, blanco, con una hija señorita muy hermosa de cabellos largos y amarillos como la paja de arroz. Don Castro no le dio trabajo y siguió al fundo de don Urpiano López. Este si lo ocupó como peón para labrar sus tierras y a su señorita hija, aun niña, para que pastara el ganado.

Hizo una pausa para chupar su cigarro y continuó.

- Cuentan también que don Urpiano no era un buen cristiano porque toda la fortuna que había cumulado fue conseguida a base de un pacto con el demonio, pacto firmado en la quebrada de Chililique con el “Chunún”, uno de los demonios más poderosos de la región. El pacto consistía en el “Chunún” le daría mucha fortuna a cambio de que don Urpiano, por una sola vez a l año, se convirtiera en cocha negra, de tetas muy grandes y filudos colmillos y fuera por la noche a la quebrada para los aquelarres del “Chunún”. La hija del peón, que le decían “la blanca”, todos los días pasteaba el ganado desde tempranas horas, por las tardes lo llevaba a tomar agua al río para luego retornar a la hacienda. Pero todo estaba escrito en lo apocalíptico de la vida y ello debía de cumplirse…

Fue así que un día sucedió, justo el día de la adoración al “Chunún”, a la niña “blanca” se le pierde un toro que se dispersó del rebaño y ella salió en su búsqueda.

El hacendado, ya convertido en cocha negra, va a cumplir lo pactado con el demonio y empieza su danza macabra de alabanza al son de una música infernal. Cuando la niña llegó ala quebrada en busca del toro, se llevó el susto más grande de su vida. Temerosa, se ocultó en un chopo desde donde podía ver muy bien la ceremonia macabra. El demonio “Chunún” estaba postrado en un higuerón, mientras la cocha negra danzaba a su alrededor, acompañada por muchos demonios, cachudos unos y otros lampiños. Una gran fogata que parecía consumir toda la cristalina agua de la quebrada se convertía en llamas que se elevaban y llegaban hasta el mismo trono del “Chunún”, quien danzaba en medio, macabra y cadenciosamente. De pronto el “Chunún” fijó sus ojos rojos y relampagueantes en la figura de la niña y poco a poco la fue envolviendo en una llama azulada. Dos de sus demonios la condujeron hasta el trono. Detrás de este pastaba el toro perdido e igualmente hechizado. El “Chunún” la hizo su esposa y desde entonces, todas las noches de luna llena, se ve a la hermosa mujer de largos cabellos rubios que cubren su rostro y cuerpo totalmente desnudo; y a su lado un gigantesco toro negro azabache en cuyas ancas escapa cada vez que la miran. Muchas fueron las personas que la vieron bañarse en las lagunas del río La Gallega, en noches de luna llena, cantando tristes melodías.
La noticia de la “Chununa diablesca”, rubia reina de la quebrada, llegó hasta Piura. Lo cierto es que un día pasó por aquí una caravana de frailes y juntaron a los que por ahí vivían. Este grupo de personas, todos armados de cristos, cruces, santos y rosarios, exorcizaron al alma maligna que por ahí rondaba. Fue así que un 24 de diciembre de 1921, en acción ya prevista por los frailes pollerudos, esperaron la noche de luna llena y se trasladaron a la quebrada. Iban cantando canciones mágicas de plenilunio y otras músicas de santos, gritando salves y aleluyas y orando mucho. Todos parecían estar seguros de acabar con la diableza, pero en el fondo todos llevan la señal de la muerte en sus frentes. Una vez que el grupo llegó a la quebrada, estuvo largo rato esperando a la pequeña diablita rubia, en el momento que se disponían a regresar, apareció montada en su toro negro azabache, justo debajo de la piedra en que estaban sentados. Al presenciar esta mágica escena, muchos del grupo cayeron desmayados y echando espuma por la boca. Cuentan que en el momento que la diableza iba a escapar al galope, montada en su toro negro, el Párroco don Manuel echó la jarra de agua bendita en la cabeza del toro.
El resto de gentes, ya repuestas del susto, aprovecharon el desconcierto del hechizo y le arrojaron rosarios y cruces. Un rosario se engarzó en el cacho derecho del toro negro. En ese momento parecía retumbar la tierra. Los gritos de la “Chununa” se confundían con las baladas del toro y la música infernal y los aleluyas, mientras que la voz del “Chunún” emanaba de la quebrada. Poco a poco se fue tornando roja la mirada de la diableza, brillaban sus colmillos de rabia, Al mismo tiempo el toro se iba envolviendo en llamas y empezó a correr en dirección al caserío, las llamas ya habían hecho presa de los demonios. El toro ya no pudo correr más y, cayendo a la entrada del pueblito, se convirtió en un gran hoguera que todos trataban de apagar con baldes de agua bendita. A medida que las llamas iban cediendo quedó un gigantesco trozo de carbón, este quedó convertido en una enorme piedra con la figura bien grabada del toro.
Por esta diabólica piedra se le conoce a este caserío como “La Piedra del Toro”.
Y los nietos preguntamos:
- ¿Y la diableza abuelito?
Respondió

- Ese es otro cuento
Uno de nosotros dijo:
- Que lastima, no alcanzamos a ver a la diablita blanca, rubia y de largos cabellos.
Este caserío queda a seis kilómetros de la carretera Morropón- Chalaco. Pero lo más curioso es que cuando el gobierno mandó a construir la carretera, por donde está la piedra con la figura del toro, ni siquiera, dicen pudo hacerla volar la dinamita.
Han pasado muchos años, como dijo el abuelo y aún se conserva la figura en dicha piedra. Muchos aseguran que debajo de ella hay un gran tesoro.


- Por favor, no la vayan a destruir… y a lo mejor ni se deja.

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